Variedades de "Bellis perennis" (Margarita común, o silvestre) y "Armeria rothmaleria" (Candela), sobre campo de "Cytisus scoparius" (Retama negra) incendiado, una foto de Jose Félix Méndez De Muela ® en Flickr.
Y tarde de verano, y ganas de caminar, y piernas para andar, y recuerdos de frente, y ...
... salgo por la puerta, que es por donde se sale, no por la ventana, y no por que que dinero tenga y el amor sea joven para mí. Voy cansado ya, con ropa de domingo, pero de dominguero, no de muda de este día. Calzado prieto, ropa comoda, visera no recuerdo si llevaba, pero por si acaso, llevaba, pues quiero recomendar su uso con mi consejo, aunque no dé ejemplo. Cámara en mano, mi herramienta preferida de registro, del tiempo y lugar preciso, que es poco, y que por eso intento completar con esto:
Llevo escasa media hora bajo los pies y detrás de mí, es pronto, queda mucho, y me lamento de no haber mantenido, más y mejor, en forma mi cuerpo, de haberme abandonado en placeres y pecados capitales, tales como la gula, ¡que rica! Y la pereza. Aunque el dolor es catártico, tal vez por que despierta regiones del cerebro dormidas, sí, de una manera abrupta y precipitada, pero en este caso el fin justifica los medios, no hago otra cosa mas que dejar escapar de mi garganta quejidos guturales, sin miedo a perder mi valía masculina a sabiendas de ser sólo escuchados por mí. Estoy en mi pueblo, y todos sus parajes me son familiares, pero eso no impide que me pierda en cada intersección, que dude, debido a la misma naturaleza de éstas. Intento atajar, montaña arriba, y es que mi destino se encuentra al otro lado de ella. Creo que tardo más de la cuenta, que tropiezo varias veces, y que en alguna de ellas paso miedo de despeñarme. Por suerte, no lo hago.
Llego arriba: - ¡Ay! (sin palabras).
(Y con ellas) con palabras: «Veo, bañada la cumbre con la luz anaranjada de la tarde, mediada, un pequeño llano en lo alto, una pequeña parcela de cielo reflejada, en flores, alfombradas sobre un negro suelo que les sirve de lienzo para sus claros colores, con su disposición imperfectamente ordenada para estimular mis ojos, y a continuación mi mente, en una explosión de placer sin precedente. Y es que es un mal que por bien venido no deja de serlo».
Me siento, cansado, que es como debería sentarse uno siempre, aturdido y relajado al mismo tiempo, aspiro el aire puro que hasta entonces mi corazón, alborotado, había robado de mi seco paladar, por lo que ahora lo puedo saborear a gusto. Lo mastico, sabe a mil flores, como la miel de la que las abejas liban néctar para hacerla, y de la que falta una. Antes amarillas, y ahora negras; de suelo y lienzo.
(Me pierdo).
Me paro.
Me siento, otra vez.
Me dejo llevar, por la ira:
- ¡Hijos de p__a! ¡I_____s! ¿¡Por qué.!? Espera, ¡oigo un ruido! Debe haber un jabalí entre los arbustos, pues queriéndome esconder del mundo, para pensar, he entrado en casa ajena, y sin llamar. Algo nervioso, intento decidir que hacer, pues me creo experto en estos lides, pero nadie lo es hasta que se enfrenta. Dejo de pensar y cierro los ojos, bueno, no en ese orden, pero ya he dicho que estoy algo nervioso, empiezo a percibir el entorno con todos mis demás sentidos agudizados. Cada vez más cerca, y un poco más, escucho sus gruñidos tranquilos, lo son realmente, dejo escapar mi aliento y lo soplo en dirección contraria a su venida. Pero me huele, yo a él no, contengo la respiración, pues me encuentro desarmado, de instrumento y cuerpo, como ya dije antes. Nada, y después se va.
Me detengo a pensar, que es a lo que me paré en un principio, y pienso:
- (Realmente no ha olido amenaza en mí, ni tan siquiera diferencia con él, y es que huelo a cerdo; y no por el sudor, la adrenalina, o la suciedad, si no por que realmente, huelo a cerdo. Como esos que hace un año prendieron la mecha de estos pensamientos, su casa, y algo más).
Llevo escasa media hora bajo los pies y detrás de mí, es pronto, queda mucho, y me lamento de no haber mantenido, más y mejor, en forma mi cuerpo, de haberme abandonado en placeres y pecados capitales, tales como la gula, ¡que rica! Y la pereza. Aunque el dolor es catártico, tal vez por que despierta regiones del cerebro dormidas, sí, de una manera abrupta y precipitada, pero en este caso el fin justifica los medios, no hago otra cosa mas que dejar escapar de mi garganta quejidos guturales, sin miedo a perder mi valía masculina a sabiendas de ser sólo escuchados por mí. Estoy en mi pueblo, y todos sus parajes me son familiares, pero eso no impide que me pierda en cada intersección, que dude, debido a la misma naturaleza de éstas. Intento atajar, montaña arriba, y es que mi destino se encuentra al otro lado de ella. Creo que tardo más de la cuenta, que tropiezo varias veces, y que en alguna de ellas paso miedo de despeñarme. Por suerte, no lo hago.
Llego arriba: - ¡Ay! (sin palabras).
(Y con ellas) con palabras: «Veo, bañada la cumbre con la luz anaranjada de la tarde, mediada, un pequeño llano en lo alto, una pequeña parcela de cielo reflejada, en flores, alfombradas sobre un negro suelo que les sirve de lienzo para sus claros colores, con su disposición imperfectamente ordenada para estimular mis ojos, y a continuación mi mente, en una explosión de placer sin precedente. Y es que es un mal que por bien venido no deja de serlo».
Me siento, cansado, que es como debería sentarse uno siempre, aturdido y relajado al mismo tiempo, aspiro el aire puro que hasta entonces mi corazón, alborotado, había robado de mi seco paladar, por lo que ahora lo puedo saborear a gusto. Lo mastico, sabe a mil flores, como la miel de la que las abejas liban néctar para hacerla, y de la que falta una. Antes amarillas, y ahora negras; de suelo y lienzo.
» (Y aquí, cronológicamente, es donde realmente debería estar la foto de la cabecera) «
Me levanto, asqueado, mucho, herido, y con la desazón que sólo da un recuerdo lamentable. Bajo ya mirando la vertiente opuesta, e intentando encontrar el sendero, dejarme de atajos.
(Me pierdo).
Me paro.
Me siento, otra vez.
Me dejo llevar, por la ira:
- ¡Hijos de p__a! ¡I_____s! ¿¡Por qué.!? Espera, ¡oigo un ruido! Debe haber un jabalí entre los arbustos, pues queriéndome esconder del mundo, para pensar, he entrado en casa ajena, y sin llamar. Algo nervioso, intento decidir que hacer, pues me creo experto en estos lides, pero nadie lo es hasta que se enfrenta. Dejo de pensar y cierro los ojos, bueno, no en ese orden, pero ya he dicho que estoy algo nervioso, empiezo a percibir el entorno con todos mis demás sentidos agudizados. Cada vez más cerca, y un poco más, escucho sus gruñidos tranquilos, lo son realmente, dejo escapar mi aliento y lo soplo en dirección contraria a su venida. Pero me huele, yo a él no, contengo la respiración, pues me encuentro desarmado, de instrumento y cuerpo, como ya dije antes. Nada, y después se va.
Me detengo a pensar, que es a lo que me paré en un principio, y pienso:
- (Realmente no ha olido amenaza en mí, ni tan siquiera diferencia con él, y es que huelo a cerdo; y no por el sudor, la adrenalina, o la suciedad, si no por que realmente, huelo a cerdo. Como esos que hace un año prendieron la mecha de estos pensamientos, su casa, y algo más).
Y decir que este texto está dedicado a la avaricia y a la soberbia. Y que la lujuria, y la envidia, me los reservo para otro día.
Nota aclaratoria: He utilizado en la redacción de todo el pasaje un recurso estilístico conocidamente utilizado por Cayo Julio César. En el que con su famoso "Veni, vidi, vici", expresó sus triunfos y hazañas pasadas llevándolas al presente, para más inri.
Un saludo Félix, muy buena entrada, como siempre, y muy oportuna.
ResponderEliminarUn cordial saludo.
Gracias a ti, por estar ahí siempre leyéndome.
EliminarUn saludo.