Lacre, una foto de Jose Félix Méndez De Muela ® en Flickr.
«Real sello; de metal prominente, y señal honda».
Lo caliento entre las manos, pues está duro y quebradizo, y es que ya es difícil encontrar un buen material últimamente. Recuerdo como, hace sólo cuatro siglos que circulaban ceras y trementinas, importadas parejas a la ruta de la seda. Viví en ese tiempo, fui poeta, a veces elogiado como en otras tantas vilipendiado. Escribía por el único placer de descargar ese talento que sólo un dios pagano y loco había inducido en mí. Sí, porque intentar explicar que uno cristiano hubiese intercedido en ese don sería como admitir que mis burlas y fiascos, mis versos sensuales, y mis jocosas críticas, provenían, después de haber razonado, de una divina inspiración embriagada por vino robado, a Dioniso, que a su vez, y antes, se había cobrado y hecho muerto por el primero, el dios verdadero. O por lo menos eso dice cada uno, del suyo.
Ahora es fácil encontrar un medio de expresión, como éste, oportuno y siempre abierto. Antes, duro era el pasear el alma entre mecenas y nobles, sin saber si un día de estos habría que vendérsela, por conseguir escenario poco ruín, un par de plañideras, otro de mozas de buen ver, y falsa mierda a la entrada.
Ahora es fácil encontrar un medio de expresión, como éste, oportuno y siempre abierto. Antes, duro era el pasear el alma entre mecenas y nobles, sin saber si un día de estos habría que vendérsela, por conseguir escenario poco ruín, un par de plañideras, otro de mozas de buen ver, y falsa mierda a la entrada.
- Pero, ¡por Dios, ese era mi trabajo! ¿Acaso disfruté yo escribiendo satíricas obras para aristócratas enjuiciosos, tórridos poemas para amantes impacientes, y cartas de habida cuenta (...) para usureros abusivos?
- Pues... ¡sí! Y lo volvería a hacer, no me arrepiento de nada, pues de todos me reí, y en todos vengué ofensas o remendé sentimiento mal paridos. En cada frase, escondida, metí mi pluma e inflingí llaga perdurable en palabras abocadas a no ser entendidas, por mentes que no quieren percibir lo que no esperan. Todo eso hice, y no me arrepiento.
Y admito que soy pecador, pero también mi propio dios. Y si otros hay, ahí arriba, observantes, yo les digo:
- ¡Sí, dioses, dejadnos en paz! Dejadnos descansar, que si tanto podéis, y de tanto sois capaces, dejadnos en paz, vivir nuestra vida, que vosotros la vuestra nos debéis.
- ¿Y entonces, tú, a quién le debes... tu arte?
- Lo asumo, al tiempo, a la mala suerte, y al alcohol. Pues borracho me he, y soy, en palabras mal escritas de botellas demasiado baratas.
«Y nadie dijo que el artista tuviese que estar a la altura de su arte».
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