lunes, 26 de septiembre de 2011

Fuego (y)

Lacre by Jose Félix Méndez De Muela ®
Lacre, una foto de Jose Félix Méndez De Muela ® en Flickr.

     «Real sello; de metal prominente, y señal honda».

     Lo caliento entre las manos, pues está duro y quebradizo, y es que ya es difícil encontrar un buen material últimamente. Recuerdo como, hace sólo cuatro siglos que circulaban ceras y trementinas, importadas parejas a la ruta de la seda. Viví en ese tiempo, fui poeta, a veces elogiado como en otras tantas vilipendiado. Escribía por el único placer de descargar ese talento que sólo un dios pagano y loco había inducido en mí. Sí, porque intentar explicar que uno cristiano hubiese intercedido en ese don sería como admitir que mis burlas y fiascos, mis versos sensuales, y mis jocosas críticas, provenían, después de haber razonado, de una divina inspiración embriagada por vino robado, a Dioniso, que a su vez, y antes, se había cobrado y hecho muerto por el primero, el dios verdadero. O por lo menos eso dice cada uno, del suyo.

     Ahora es fácil encontrar un medio de expresión, como éste, oportuno y siempre abierto. Antes, duro era el pasear el alma entre mecenas y nobles, sin saber si un día de estos habría que vendérsela, por conseguir escenario poco ruín, un par de plañideras, otro de mozas de buen ver, y falsa mierda a la entrada.
     No sé si me he reencarnado en mí mismo, o si es que me han sobrevivido mis palabras, que es con lo que todo escritor anhela, no sé que es lo que ha ocurrido. Solo sé, y puedo dar fe de ello, aunque pagana como ya dije, de que me siento fuera de este tiempo, de este lugar, y en este preciso momento. Miro, observo, y veo, constato de que las palabras han perdido su significado, de que las imágenes le han arrebato esa parcela de humana diginidad. Tal vez es maldición, que me he vuelto inmortal, que ha sido pago por pecado, o cobro por venta de esa alma mía, que a estas alturas, no recuerdo de vender. Tal vez cometí mala acción, o blasfemé demás:

     - Pero, ¡por Dios, ese era mi trabajo! ¿Acaso disfruté yo escribiendo satíricas obras para aristócratas enjuiciosos, tórridos poemas para amantes impacientes, y cartas de habida cuenta (...) para usureros abusivos?

     - Pues... ¡sí! Y lo volvería a hacer, no me arrepiento de nada, pues de todos me reí, y en todos vengué ofensas o remendé sentimiento mal paridos. En cada frase, escondida, metí mi pluma e inflingí llaga perdurable en palabras abocadas a no ser entendidas, por mentes que no quieren percibir lo que no esperan. Todo eso hice, y no me arrepiento.


     Y admito que soy pecador, pero también mi propio dios. Y si otros hay, ahí arriba, observantes, yo les digo:

     - ¡Sí, dioses, dejadnos en paz! Dejadnos descansar, que si tanto podéis, y de tanto sois capaces, dejadnos en paz, vivir nuestra vida, que vosotros la vuestra nos debéis.

- ¿Y entonces, tú, a quién le debes... tu arte?

     - Lo asumo, al tiempo, a la mala suerte, y al alcohol. Pues borracho me he, y soy, en palabras mal escritas de botellas demasiado baratas.


«Y nadie dijo que el artista tuviese que estar a la altura de su arte».

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